COMIENZO DEL AÑO ESCOLAR

Nota: Humberto Guglielmin. –

El anciano profesor de filosofía estaba reflexionando sobre datos muy
alarmantes: la gran mayoría de los jóvenes no es capaz de comprender un texto o de seguir una argumentación sencilla, no se emociona con la poesía, no lee los grandes literatos de nuestra lengua, la ortografía y la redacción son un desastre (incluso en diarios y la TV), ya no se exigen libros de texto de cada materia que obligaban a leer, por lo menos, una hora cada día. ¡Qué tiempos aquellos!
Sentía un dolor intenso por el embrutecimiento de la cultura nacional y,
especialmente, el de la juventud; se preguntaba si habría alguna forma para convencer a los jóvenes de que es importantísimo estudiar; de que estudiar no es solo un deber odioso impuesto a los jóvenes; de que si bien, en ocasiones, uno se puede abrir paso en la vida sin la ayuda de los libros, con ellos los resultados habrían sido muchísimo mejores, etc. Veía necesario hacer una verdadera revolución cultural y romper con la mediocridad y facilismo institucionalizados que permitieron, por ejemplo, que muchos de los integrantes de nuestro Parlamento Nacional sean personas ignorantes y vulgares, que se expresan de la misma forma
en que lo hacen los pandilleros. Como ellos nos representan, nos hacen sentir vergüenza de ser argentinos. Pensaba que esta decadencia debía comenzar a detenerse.

Como las clases ya comenzaban quería aportar algún argumento para
animar a los chicos a ser diferentes a los demás, a renunciar a tanta pantalla y darle más importancia a la rica cultura escrita que nos viene del pasado.
Va a su colegio vestido con la seriedad de la materia que debía dar, y se
presenta ante sus atentos y silenciosos alumnos. Firmó el libro de temas del día y concluida esa tarea rutinaria se levantó y mirando fijamente al alumnado les preguntó, “¿Para qué sirve estudiar?… ¡Escucho sus opiniones!”. Y lo que escuchó fueron respuestas como: “para ser buenas personas”, “para ganar más dinero”, “para cumplir con los mandatos familiares”, “para entrar a la universidad”, “no tengo idea”, etc.
Cuando ya se habían agotado las opiniones de los chicos, con voz serena
pero firme, les dijo: “¡En realidad hay que estudiar para poder escapar de la cárcel!” … Los alumnos se miraron sorprendidos, como preguntándose si todo estaba bien; pero él prosiguió:

“Porque la ignorancia es una cárcel, y dentro de esa cárcel ustedes no
sabrán lo que sucede en el mundo que los rodea, no sabrán cómo enfrentarse a las decisiones que deberán tomar, no podrán ver la realidad con sus propios ojos.
Estarán dependiendo de lo que otros les digan y ordenen. No serán autónomos”.
“Durante estos años del Secundario, deberemos organizar una numerosa y escandalosa fuga de la cárcel de la ignorancia. Eso permitirá que, en adelante, a quienes los quieran mantener como inválidos mentales, la tarea no les resultará para nada fácil. ¡Hay que trasponer el muro de la ignorancia para poder comprender la realidad del mundo en que deberán vivir y manejar su vida sin estar sometido a las órdenes u opiniones de los demás!”

“Se sentirán orgullosos de haber sido capaces de independizarse, de
conducirse por ustedes mismos. Experimentarán que subir la cuesta de la
montaña del saber no es para nada fácil, pero la gran satisfacción la tendrán cuando, desde la cumbre, puedan ver la hazaña de que han sido capaces, y lo útiles que ustedes, gracias al estudio, podrán ser para la sociedad. Vuestras familias se sentirán orgullosas de ustedes”
“¡Es necesarios escapar de la cárcel de la ignorancia…! ¿Quiénes se anotan para integrar la fuga hacia las alturas y hacia la libertad?… Mi deseo es que, por el bien de ustedes y de su familia, tomen la decisión correcta.”
Como era el primer día, habiendo cumplido con su presentación ante el
curso, el profesor discretamente tomó su portafolios, saludó al curso y dejó el aula; los alumnos, por un largo rato se quedaron mudos mirándose entre ellos.

Nota: Humberto Guglielmin
guglielmin.humberto@live.com

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