LAS CATACUMBAS – NOTA II

Nota: Profesor Humberto Guglielmin. –

Entrar en detalles sobre las catacumbas sería tarea de nunca acabar; por eso solo haremos alguna referencia a la de San Calixto, aunque también son notables la de San Sebastián, Santa Domitila, Priscila, etc. en Roma, y en Nápoles la de San Gennaro. Las catacumbas, además de lo señalado en la nota anterior, son importantes por otras dos razones: por la jerarquía de los que allí reposan, y por las personalidades que en algún momento las frecuentaron, en este caso, según la tradición, San Pedro.
Las catacumbas de San Calixto están sobre la Via Appia Antica y es la más grande y antigua de todas; tiene unos 20 km de galerías que en algunos tramos se dividen en hasta 5 niveles de profundidad distintos. Allí reposan Papas de la Iglesia desde el siglo II hasta el siglo IV. Tras el entierro del Papa Cornelio en el año 253 fue disminuyendo el uso de esta catacumba como cementerio, hasta cesar casi por completo. Solo era ocasionalmente visitada por algunos sacerdotes para realizar allí alguna ceremonia religiosa.
El nombre de esta catacumba le viene por su primer administrador, un diácono de ese nombre, que posteriormente sería Papa, y que se preocupó por ampliarla. En esta catacumba están depositadas unas 500.000 personas, entre ellas más de 50 mártires y 16 Papas. En esta y en todas las catacumbas, pueden verse frescos y murales que destacan las convicciones religiosas de los cristianos de los primeros siglos.

SAN PEDRO EN ROMA
Mucho se ha discutido sobre si estuvo o no estuvo allí. Sin embargo, los hallazgos arqueológicos y la tradición nos aseguran que San Pedro en el siglo I viajó a Roma, la capital del imperio romano, para confortar a los primeros cristianos que estaban siendo masacrados por Nerón. Los historiadores ubican ese viaje entre los años 42 y 64 d.C. Esta fecha es una estimación razonable que no puede transformarse en certeza, porque en el libro “Los Hechos de los Apóstoles” no existe una información clara sobre la presencia de Pedro el Roma, como sí la hay sobre Pablo; por lo tanto, no nos queda otra alternativa que buscar esa información en fuentes indirectas.
Una de esas fuentes la tenemos en la primera carta de Pedro dirigida a los cristianos del Ponto, Galacia, Capadocia (Ese fantástico lugar turístico con globos aerostáticos que muestran los documentales), Asia y Bitinia, o sea, lo que ahora es el Norte de Turquía, que estaban siendo perseguidos. En esta carta busca alentarlos en su fidelidad al compromiso bautismal de mantenerse fieles a Cristo, y dar ejemplo a los paganos con su buena conducta. Allí, en 1 Pedro 5:13 les dice: “La iglesia que está en Babilonia… les manda saludos, y también mi hijo Marcos”. La palabra “Babilonia”, sería una forma velada de referirse a la capital del imperio que dominaba el mundo conocido, Roma. La Babilonia a la que se refiere Pedro no puede ser la de la Mesopotamia ya que había sido ocupada por Ciro el Grande, rey de los persas en el año 539 a.C.; Ciro y sus sucesores no pudieron detener su decadencia, por lo que en el año 331 a. C. volvería a ser ocupada, esta vez por Alejandro Magno. En tiempos de Pedro, Babilonia solo era un recuerdo del pasado. Babilonia era Roma.
La presencia de San Pedro en Roma es atestiguada también por autoridades como el obispo Ireneo de Lyon (125-202) que en su obra “Contra las herejías”, libro III, afirma que cualquier iglesia local debe estar en armonía con la iglesia de Roma, fundada por San Pedro y San Pablo, y enumera una lista de los primeros 13 sucesores de Pedro en la orientación de la iglesia; el último de esta lista es el Papa Eleuterio (175- 189), martirizado bajo el emperador Cómodo.
*Clemente de Roma fue el tercer sucesor de San Pedro, y según Tertuliano (160- 220 d.C.) fue el propio apóstol el que lo ordenó presbítero. Clemente, como sucesor de Pedro, en el año 96 d.C. envió una carta a los Corintios (actual Grecia) para resolver las divisiones internas que había en esa distante iglesia. Esta carta es una prueba temprana de la autoridad de los sucesores de Pedro sobre toda la Iglesia.
*Fue Eusebio de Cesarea quien da detalles de la presencia de Pedro en Roma, de su crucifixión bajo el gobierno de Nerón hacia el año 64 d.C. y de la sucesión en el gobierno de la iglesia por parte de Lino. Eusebio también afirma que los restos de Pedro fueron enterrados en el monte Vaticano y los de Pablo en la vía Ostiense.
*San Ignacio de Antioquía en el año 110, envía una epístola a los romanos donde les dice: “Yo, no os doy mandatos como Pedro y Pablo. Ellos fueron apóstoles; yo no soy más que un condenado a muerte” … Existen otras fuentes escritas, que confirman la tradición oral de que Pedro y Pablo estuvieron en Roma y que frecuentaron las catacumbas.

LA LITERATURA Y SAN PEDRO EN ROMA
“QUO VADIS” (¿A dónde vas?)
Cuando leí por primera vez esta obra, tuve la impresión de haber leído una obra excepcional desde todo punto de vista, y como está relacionada con las catacumbas y San Pedro, me pareció oportuno tenerla en cuenta para esta nota. Las grandes obras de la literatura no envejecen. Siempre son magníficas.
La novela histórica “Quo Vadis”, del escritor polaco Henryk Sienkiewicz, fue publicada por episodios en el diario Gazeta Polska entre los años 1895 y 96. Posteriormente la publicó entera. Fue tal el revuelo que despertó en toda Europa que se hizo inevitable otorgarle el premio Nobel de literatura del año 1905; el primer y merecidísimo Nobel de Polonia.
Si bien la forma es la de una novela, su fondo histórico es absolutamente riguroso. No hay detalle que no merezca credibilidad, pues su autor era un erudito que para escribir esta obra se especializó en la historia de Roma. Una de sus fuentes fue el libro apócrifo “los Hechos de Pedro”, escrito en el año 180 d.C. en Asia Menor, actual Turquía. Su anónimo autor hace propia la tradición según la cual San Pedro predicó, murió en Roma, cosa que la arqueología parece confirmar.
Desde el año 1913 al 2001 se han hecho 5 versiones cinematográficas de Quo Vadis, siendo tal vez la más lograda la que en el año 1951 reunió a Robert Taylor, Débora Kerr y Peter Ustinov para representar a los personajes centrales del escrito.
*Robert Taylor representa al joven y tosco Tribuno Militar Marco Vinicio, que regresa a Roma después de tres años de exitosas campañas militares en Asia. Fiel al imperio, despreciaba a los cristianos, sin embargo, en sus visitas al general retirado Aulus Plautius, ex gobernador de Britania, y a su esposa Pomponia, quedó deslumbrado con una integrante de esa familia, una joven de belleza tan luminosa como discreta que, lejos de impresionarse por su apostura y jerarquía militar, educadamente lo ignoraba. Al comprobar que las puertas para acceder a ella sistemáticamente se le cerraban una vez tras otra, con su orgullo herido y no acostumbrado a las derrotas, Vinicio le pidió a Nerón que, a cambio de los servicios prestados al imperio, le entregara a Ligia, pero… (leer el libro).
*Déborah Kerr representa a Ligia, una joven noble integrante de una tribu bárbara ubicada en una región entre los ríos Oder y Vístula, centro de la actual Polonia; desde niña había sido tomada de rehén, por el ejército del emperador Claudio, como garantía de que esos bárbaros no volverían a la guerra contra Roma. Esa jovencita, a la que se le dio el nombre de la región de donde procedía, había sido adoptada y criada por la familia de Aulus Plautius, que en secreto profesaba el cristianismo, religión que Ligia había adoptado. El recato y etérea belleza de Ligia se convirtieron para Vinicio en una obsesión que no le permitía tener paz. Siempre había alcanzado todo lo que se había propuesto, pero… (leer el libro).
*Peter Ustinov: este actor británico representó como nadie el completo desequilibrio, la ilimitada maldad y la refinada crueldad de Nerón. Es, sin dudas, una de las grandes interpretaciones de la historia del cine, que le valió la nominación al Oscar y un merecido reconocimiento mundial. Para más detalles… (leer el libro).

EL COMIENZO DEL FIN
El libro muestra una Roma atravesada por una grave crisis. La gobierna un hombre megalómano y desequilibrado, que odia a medio mundo, en especial a los cristianos. El día 18 de julio del año 64, según Tácito, Suetonio y otros, comenzó un incendio incontrolable en la ciudad de Roma. Todos comentaban que había sido provocado, pues muchos testigos vieron a incendiarios que con antorchas en la mano prendían fuego a las precarias construcciones de madera del barrio de la Suburra. Este barrio era muy extenso, populoso y peligroso. Estaba lleno de rateros, talleres primitivos, tabernas y prostíbulos de mala muerte. Allí vivía gente muy pobre, pequeños artesanos, marginados sociales, delincuentes e inmigrantes. Sin embargo, por su ubicación privilegiada, Nerón quería borrarlo del mapa porque allí vivían muchos cristianos y porque quería ese espacio para construir una Roma de mármol que celebrara su grandeza. De hecho, luego del incendio, sobre ese suelo arrasado construyó su fastuosa Dómus Áurea, una lujosísima residencia imperial en torno a la cual pensaba construir una nueva ciudad, “Nerópolis”, la ciudad de Nerón.
Desde ese barrio, en forma totalmente incontrolable el fuego, que duró cinco días continuos, se expandió al resto de la ciudad. La pasividad de las autoridades ante este desastre aumentaba la sospecha de que se trataba de un incendio intencional ordenado por Nerón. De los catorce barrios de Roma, cuatro fueron completamente arrasados y otros siete sufrieron graves daños.

Cuando se inició el incendio, Nerón estaba en Anzio, hermoso balneario en el que había nacido, ubicado a unos 53 km al Sur de Roma. La noticia era muy grave, por lo que decidió regresar precipitadamente para no perder el control de la situación. Temía que el incendio afectara la parte hermosa de Roma, pero al enterarse de que, por el momento, solo afectaba la zona que deseaba hacer desaparecer, sintió un gran alivio. Más aún, pensó que estaba ante una oportunidad irrepetible que por su realismo le permitiría la inspiración justa como para hacer una obra poética y musical que desafiara el prestigio de Virgilio. Este pensamiento era uno de los sueños que lo desvelaban.
Aunque buena parte de la plebe lo apoyaba porque les daba pan y circo, los patricios y muchos de los funcionarios que le servían, lo detestaban por ridículo y cruel: por ejemplo, si alguien hacía la menor crítica a su voz o sus poesías, estaba arriesgando su vida.
Tácito, un historiador romano contemporáneo a los hechos escribió: que ese incendio destruyó el 70 % de los edificios romanos; que según rumores generalizados, Nerón ordenó ese incendio porque quería destruir Roma para reconstruirla según sus directivas artísticas; que en la noche posterior a su llegada desde Anzio a Roma, cuando el incendio estaba adquiriendo su máxima expansión, discretamente y acompañado solo por un grupo de sus más fieles, subió a la colina del Esquilino, desde donde podía verse el incendio de Roma en todo su dramatismo y, vestido como un vate heleno, se puso a cantar, acompañado de su cítara, un canto alusivo al saqueo de Troya.
Estos rumores despertaron la ira popular, pero Nerón, para controlarla, ordenó una rápida distribución de alimentos y de alojamientos para los afectados; sin embargo, era claro que estas medidas solamente retrasarían el estallido popular; era necesario canalizar rápidamente esa ira hacia un culpable, y decidió que los incendiarios habían sido los cristianos, los enemigos de los dioses romanos, los que se resistían a venerar al emperador.
Ordenó por lo tanto una fuerte persecución contra ellos: muchos de los detenidos fueron ejecutados lejos de la vista de la gente común, pero muchos otros fueron ejecutados a la vista de las masas populares: en el Circo Máximo y otros menores, los cristianos eran cubiertos con pieles de ovejas y despedazados por hambreadas bestias feroces, muchos eran crucificados, otros eran embadurnados con sustancias inflamables para que ardieran y así iluminar por las noches los jardines y lugares concurridos. Todos debían ver la severidad del castigo con el que Nerón castigaba a los responsables del incendio; era la forma de demostrar que había una justicia rigurosa.

SAN PEDRO ESCAPA DE ROMA
A ningún cristiano se le escapaba la gravedad del momento. Todos tenían algún familiar o conocido entre las víctimas y la angustia se tornaba en desesperanza. Muchos, para no ser capturados decidieron escapar de Roma hacia alguna población o campo de las afueras de la ciudad, pero Pedro y Pablo, las máximas autoridades de la incipiente iglesia, por los controles que había no podían salir de la ciudad y su única alternativa era ocultarse en la casa de algunos cristianos dispuestos a enfrentar riesgos.
En una de esas oportunidades, Pedro fue convocado por un grupo de cristianos al Ostrianum, un cementerio de extramuros en el que muchas veces había predicado, bautizado y escondido; este lugar, que está comunicado con las Catacumbas de Priscila, en la Via Salaria, era un lugar que muchas veces había frecuentado. Allí, el contacto con los fieles era completamente familiar y Pedro podía hablar con tranquilidad, como un padre a sus hijos.
Esta reunión no era una convocatoria más. Allí estaban, entre otros Pablo, su ilustrado compañero de misión, y un buen número de los ancianos (presbíteros) responsables de las pequeñas comunidades de los alrededores. Había mucha tensión e incertidumbre sobre lo que sucedería si Pedro era capturado; debían discutir qué era lo que convenía hacer en tan delicado momento; las alternativas no eran muchas, y por eso algunos no podían dejar de secarse sus lágrimas.
Cuando Pedro llegó, saludó con un cálido abrazo a todos los concurrentes y se dispuso a escuchar el motivo por el que había sido convocado. En forma desordenada, la mayoría le manifestó que, por el bien de la iglesia, de la que por voluntad de Cristo él era su cabeza, debía ponerse a salvo alejándose de Roma. Lejos de Roma seguramente podría pasar más desapercibido que permaneciendo en la ciudad. Su vida era absolutamente necesaria pues él era un testigo privilegiado que había acompañado a Jesús desde el comienzo de su misión. Él había sido designado por el Maestro como la Roca sobre la cual edificaría su iglesia. Era absolutamente necesario que dejara Roma. Si Nerón llegaba a capturarlo sería una terrible noticia para la iglesia, pues sería acusado de ser el máximo responsable del incendio de la ciudad y ejecutado en forma aparatosa. La iglesia quedaría sin su guía. Y eso debía ser evitado.

San Pedro recordó las veces que había negado a Jesús para salvar su vida, y no quería volver a demostrar la misma cobardía, pero, al mismo tiempo, comprendía la fuerza de los argumentos y la vehemencia con que Pablo y los presbíteros le suplicaban que defienda la iglesia naciente abandonando la ciudad, pero manteniéndose con vida.
Aprovechando la luz tenue de las primeras horas del día, cuando los guardias que custodiaban las entradas y salidas de Roma estaban entregados al sueño, dos viandantes silenciosos caminaban por la Via Appia Antica hacia el Sur; probablemente su idea era llegar a alguna comunidad cristiana en Neápolis, pero no lo tenían decidido. Uno de esos viandantes era Pedro y el otro, un joven cristiano que le hacía de guía, Nazario. Vestían muy pobremente y aparentaban ser un padre acompañado por su hijo. Las pocas personas con las que se cruzaron, los miraban con indiferencia y seguían su camino.
Cuando ya habían traspuesto las murallas de la ciudad y los resplandores del incendio se veían distantes Pedro, se sintió asaltado por las dudas y las recriminaciones de su conciencia por lo que estaba haciendo. Este estado de ánimo determinó que fuera aminorando el ritmo de su marcha, más aún cuando a la distancia ve a una extraña persona que venía en dirección contraria. Cuando se acercan, Pedro no puede creer lo que ve: ¡era Jesús el que caminaba hacia Roma! Cae de rodillas, y con lágrimas en los ojos le pregunta al Maestro: “¿Quo vadis, Dómine?” (¿A dónde vas, Señor?), a lo que Jesús le responde: “Voy a Roma a ser nuevamente crucificado. Cuando Pedro levanta su cabeza del suelo, ya no había nadie, solo Nazario, que estaba intentando, desesperado y lloroso, levantarlo del suelo.
Cuando Pedro se levantase levanta, le dice a Nazario que deben volver a Roma. Estaba avergonzado de su cobardía y ya no le cupo la menor duda de que debía sobreponer su misión de guía de la incipiente iglesia por sobre su propia vida. Recordó que en Cesarea de Filipo cuando Jesús había preguntado quién era Él, le respondió: “… tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” … y que Jesús le había respondido: “… tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella”… Debía mostrar la fidelidad a Jesús que en otros momentos no había demostrado. Entró nuevamente a Roma y de inmediato fue capturado; por orden de Pedro, Nazario se había puesto a salvo.

La persecución contra los cristianos arreciaba; eran miles los detenidos y ejecutados en forma sumaria y clandestina en las cárceles, pero en muchos casos se los condenaba a morir ante la muchedumbre en los circos, para aleccionarla sobre lo que le esperaba si se convertían al cristianismo. San Pablo, que también había sido capturado, como era “ciudadano romano” no podía tener una muerte infamante y por eso fue decapitado. San Pedro, en cambio, al no serlo, fue condenado a ser crucificado cabeza abajo. Luego de su muerte algunos cristianos se encargaron de recuperar sus restos y de darles la debida sepultura.

Nota: Profesor Humberto Guglielmin
guglielmin.humberto@live.com

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