Nota: Profesor Humberto Guglielmin. –
Las catacumbas son galerías subterráneas de extensión y finalidad variables, que fueron construidas por los cristianos, principalmente en Roma, para enterrar a sus muertos. Por extensión, este nombre suele darse también a cualquier galería subterránea, aunque no fuera usada como cementerio sino como cantera para la extracción de piedra o minerales. Estas galerías, para variado uso y longitud, existen en muchos países, pero las más conocidas son las de la ciudad de Roma destinadas a cementerio.
LAS CATACUMBAS DE PARÍS:
Como la roca útil para la construcción que había en el suelo se agotara rápidamente, en el s. I d.C. los romanos, en lo que ahora es la ciudad de París (la antigua Lutetia), comenzaron a buscarla en el subsuelo. La necesitaban para seguir construyendo edificios, puentes, carreteras, etc.; recién encontraron una buena piedra caliza a 20 metros de profundidad; por siglos la extrajeron para las obras de infraestructura, en forma tan masiva que crearon interminables galerías que solo serían abandonadas con la caída del imperio romano. Durante el esplendor de la arquitectura en la Edad Media, se sintió la misma necesidad de piedras para la construcción de Palacios, catedrales, caminos y
puentes, y se retomó la explotación de las canteras subterráneas que habían iniciado los romanos. A medida que la necesidad de piedra fue disminuyendo, las canteras subterráneas fueron reduciendo su actividad hasta cesar por completo.
A medida que pasaban los siglos, la capacidad de los cementerios de París para albergar más cuerpos llegó a extremos inaceptables; a ese problema se añadía el de las periódicas epidemias que obligaban a entierros tan masivos, que muchas veces se hacían a poca profundidad, con sus consecuencias obvias. Era forzoso, por lo tanto, tomar una medida que diera una solución definitiva, y coherente con la sanidad pública. Y así fue: en el año 1786 se decidió trasladar los restos humanos de todos los cementerios de París a un lugar que fuera digno, espacioso y seguro. El lugar elegido fueron las antiguas galerías de las canteras de piedra romanas y medievales.
Fueron necesarios 15 meses de traslados nocturnos de carros repletos de huesos, para completar los algo más de 6.000.000 de personas que fueron exhumadas de los cementerios parisinos. Las paredes de la parte más visitada de esas galerías están revestidas de huesos, en ocasiones dispuestos en forma artística o con altares o alguna identificación o circunstancia. También existen grafitis dibujados por los que trabajaron en su construcción. Actualmente el gobierno autoriza la visita guiada -paga- a turistas interesados en verlas, son realmente sorprendentes. Las catacumbas de París suman algo más de 300 kilómetros, pero las partes habilitadas al turismo son pocas y siempre con guías, pues son laberínticas y es muy fácil perderse.
LAS CATACUMBAS DE LIMA, PERÚ
En el centro de Lima, bajo el convento de San Francisco de Asís, construido en el año 1535, existen cámaras espaciosas usadas como cementerios que derivan en otros intrincados túneles; la parte más conocida y visitada muestra enormes depósitos repletos de huesos humanos; los que más abundan son los cráneos, clavículas y fémures, ya que son los más resistentes al paso del tiempo. En algunos lugares estos huesos están clasificados y ordenados en forma tan artística que sorprende a los visitantes. Éste enorme cementerio fue construido durante el período hispánico, con la única finalidad de dar cristiana sepultura a quienes fallecieran. Se estima que existen restos de entre 25.000
y hasta 100.000 personas, o tal vez muchísimos más, ya que se estima que solo se ha explorado no más del 30% de todos los túneles existentes.
Las galerías bajo el convento de San Francisco son las más conocidas y exploradas, pero se han encontrado también bajo otras iglesias limeñas sobre las que no existe idea de su extensión e importancia. Se piensa que, inicialmente, en ellas solo se enterraba los integrantes del convento pero que, debido a las frecuentes epidemias y terremotos, se decidió dar cabida a cualquier habitante de Lima. Allí están, democráticamente hermanados, tanto las personalidades destacadas de ese tiempo como los más humildes plebeyos, unos al lado de los otros.
Las estructuras de las Iglesia y de sus catacumbas resultaron antisísmicas, ya que resistieron por siglos los más duros terremotos gracias a sus técnicas de construcción: muros de extraordinario ancho, piedras, arena, cal, canto rodado y la clara de muchos miles de huevos. Son un buen atractivo turístico, uno más, de Perú.
CATACUMBAS DE ROMA
Estas catacumbas eran galerías subterráneas destinadas a cementerios, pero que, en ocasiones, eran aprovechadas por los primeros cristianos para ceremonias de culto y reuniones varias. Solo muy ocasionalmente servían de escondites. Hay que tener en cuenta que entre los siglos II y V, se habían ordenado sangrientas persecuciones y eran muchos los que preferían la muerte antes que renegar de Cristo. Esas personas eran los mártires. Mártires eran aquellas personas que eran obligadas bajo amenaza de muerte a abjurar de su fe en Jesús; los mártires no buscaban la muerte, pero gracias a la fortaleza que les daba su convicción de ser “testigos” de Cristo, no le temían.
La mayoría de las catacumbas se construyeron en los suburbios de la Roma de aquella época, pues la ley romana establecía que todo cementerio, por razones sanitarias, debía
construirse fuera de las murallas de las ciudades. Comprar en las afueras de Roma un predio amplio para destinarlo a cementerio en la superficie estaba fuera del alcance de los primeros cristianos, por lo que la única alternativa era hacer algo parecido a lo que habían hecho en esos mismos tiempos los judíos romanos: un cementerio subterráneo. Reposar en un cementerio en la superficie era un privilegio solo para familias romanas muy adineradas; la gran mayoría de la población, a su muerte, era reducida a cenizas y entregada en una urna a sus familiares. Los pocos que podían enfrentar los gastos decidían que sus cenizas, o su cuerpo entero, reposara en un mausoleo, donde el paterfamilias ocupaba un lugar de privilegio, pero en las paredes del mausoleo había una gran cantidad de pequeños nichos donde podían guardarse las cenizas de los familiares.
Los mausoleos más llamativos los hacían las familias que por su fortuna y sus relaciones podían enfrentar su construcción. Estas construcciones debían estar fuera de la ciudad, normalmente a lo largo de las vías importantes de entrada y salida de la ciudad, como la Apia, la Augusta o la Flavia; algunos pocos eran mausoleos relativamente modestos, pero otros, aún hoy sorprenden por su magnificencia y estado de conservación, un ejemplo lo tenemos en el cementerio de Isola Sacra. Tal vez el más deslumbrante de todos los mausoleos sea el de Cecilia Metella, hija de un Cónsul romano Quinto Cecilio Metello, conquistador de Creta, construido a un costado de la Via Appia Antica. Los llamativos pinos romanos, que no tienen forma de cono sino de paraguas, le dan un aire de serena belleza a esas tumbas solitarias.
EL FIN DE LOS TIEMPOS
Durante la época republicana y los dos primeros siglos del imperio romano, la práctica más común para reducir los cuerpos de los difuntos era su cremación en las afueras de la ciudad. A partir del siglo III comenzó a imponerse cada vez más la práctica de la inhumación y por eso la necesidad y urgencia de construir más catacumbas. Desde siempre Los cristianos de esos tiempos se oponían a la cremación y querían conservar íntegros los cuerpos de sus difuntos porque creían que era la forma adecuada para esperar la inminente resurrección cuando Cristo volviera para juzgar a vivos y difuntos.
Se creía firmemente que la Parusía, o segunda venida de Cristo a la Tierra, se produciría en una, o tal vez dos generaciones más… Los cristianos de esta época, interpretando lo que dicen algunas citas de los evangelios sobre las señales que acompañarían el fin de los tiempos, y que precederían a la segunda venida triunfal de Cristo a la Tierra, creían que los acontecimientos que sacudían el mundo de ese entonces, señalaban con claridad que el fin de los tiempos era inminente. En realidad, habían hecho de esas citas una interpretación demasiado literal, que restaba importancia a otras citas que no señalaban esa inminencia, como por ej. lo que se señala en Mateo 24:42-44 donde Jesús se refiere al fin de los tiempos diciendo: “…manténganse despiertos porque no saben qué día vendrá el Señor” y “…ustedes deben estar preparados porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen”. Y también, respecto al tiempo cronológico, la cita de 2 Pedro 3:8: “Pero no olviden queridos hermanos, que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día.”
Las interpretaciones apocalípticas sobre el inminente fin de los tiempos no fueron exclusivas de antigüedad; algunas ramas del cristianismo actual dan una relevancia central a este tema; otras en cambio, son más cautelosas y no aventuran pronósticos.
LOS CRISTIANOS ANTE EL IMPERIO
Para la próxima venida del Señor, los cristianos querían estar limpios de todo mal, y por eso rechazaban todo lo que viniera del corrupto gobierno imperial, en especial las leyes que establecían el culto al emperador. Las leyes no establecían que el emperador fuera un dios viviente; solo buscaban que fuera respetado, porque era la mejor forma de rodearlo de autoridad y facilitar la unidad del imperio. Cuanto más respetado fuera el gobernante, más sencilla resultaría la obediencia a sus medidas de gobierno, y menos motivos habría para desórdenes separatistas. Un gobernante sin prestigio siempre es un mal augurio para el futuro de cualquier país.
Los emperadores podían adquirir la categoría divina solo después de su muerte, siempre que el senado, mediante un decreto llamado “consecratio”, estableciera que, por sus grandes obras en beneficio del pueblo romano, merecía ese carácter. Si el senado así lo decidía se realizaba una celebración grandiosa que movilizaba a toda Roma en la que se lo proclamaba divino. Esa festividad popular se llamaba Apoteosis.
Ningún emperador se declaró dios en vida, ni siquiera Nerón o Calígula; el único que se tomó el atrevimiento de forzar al senado para que estableciera que él era un dios viviente, fue el emperador Domiciano, que gobernó entre los años 81 y 96. Su cuna fue dorada ya que era el hijo menor del emperador Vespasiano, y hermano de otro gran gobernante, Tito. A la muerte de Tito, la Guardia Pretoriana rápidamente lo designó su sucesor sin hallar resistencia alguna; gobernó en forma despótica, obligado en buena medida por su fuertemente resistida decisión de haberse proclamado divino estando en vida. A pesar de este hecho, sus duras medidas de gobierno fueron calificadas como muy buenas, y facilitaron en gran medida la prosperidad a los gobernantes posteriores.
ESTRUCTURA DE LAS CATACUMBAS DE ROMA
En la ciudad de Roma existen 60 catacumbas identificadas y descriptas, pero pueden existir más. La mayoría estaba construida a una profundidad entre 20 y 30 metros bajo el suelo. Sumando la extensión de todas ellas llegan a 160 o 170 kilómetros de galerías subterráneas, cuya altura promedio es de 2 metros por 0,90 de ancho.
Este tipo de construcciones fueron posibles porque, hace unos 500.000 años, en lo que ahora son los montes Albanos, al S.E. de Roma, se produjeron enormes erupciones volcánicas que arrojaron en la zona circundante, enormes cantidades de cenizas que fueron formando capas de muchos metros de espesor, que con el tiempo fueron convirtiéndose en una piedra porosa pero relativamente sólida llamada toba. Lo mismo sucedería posteriormente al N.E. de Roma con las erupciones volcánicas en los montes Sabatini. Esa enorme cantidad de cenizas volcánicas constituye la base del suelo de Roma. Ese tipo de roca porosa está muy extendida en el centro de Italia, y se comporta como una esponja que absorbe y almacena el agua de lluvia, que posteriormente alimentará las incontables fontanas de Roma y de una amplísima parte de Italia.
Luego de esas erupciones, los agentes de erosión y traslado fueron depositando capas de sedimentos que se alternaron con capas limosas aportadas por el antiguo río Tíber y por ocasionales depósitos marinos. La acción continua y sumada de todos estos factores dieron como resultado el aspecto actual de la ciudad de las siete colinas. Fue la toba la que permitió la construcción de estos cementerios subterráneos que perduran sin riesgos desde hace 2.000 años. Varias de estas galerías derivan en otras a diferentes alturas sin afectar la solidez ni de estas galerías y ni de las construcciones en superficie.
Las catacumbas no fueran hechas por los cristianos para esconderse durante las persecuciones; eran cementerios subterráneos completamente legales, construidos siguiendo las reglas oficiales para entierros subterráneos. Los cristianos fueron los que construyeron la mayor parte de ellas, pero también las hubo de paganos, de judíos, y también las hubo que eran compartidas.
El silencio de esas catacumbas se rompía cuando se convocaba a alguna ceremonia de culto, al entierro de algún mártir o para escuchar a alguna autoridad religiosa importante, por ej.: según una tradición y la arqueología, San Pedro y San Pablo, antes de sus capturas solían convocar a los cristianos para hablarles de sus vivencias como testigos de
Jesús. Luego de capturados y muertos, Pedro fue enterrado en la colina vaticana y Pablo en la Via Ostiense, pero para evitar profanaciones, en el año 258 sus restos fueron exhumados del lugar donde estaban y trasladados temporalmente a lo que hoy es la Catacumba de San Sebastián, sobre la Via Apia.
En las paredes de las galerías estaban cavados nichos para los fieles, pero cada tanto, existía un ensanchamiento llamado cubículo, de forma cuadrada o semicircular, donde se enterraba a los mártires; estos cubículos también eran utilizados para reuniones o ceremonias religiosas.
Las paredes en algunos lugares tienen pinturas que representan escenas bíblicas, símbolos cristianos o inscripciones varias. Los temas más comunes a los que aluden esos frescos son: la paloma (el alma), la vid o la espiga (la eucaristía), el pez (Jesús), el pastor con las ovejas (Jesús, el Buen Pastor) y a la Virgen María con el niño Jesús en brazos. Desde hace tiempo son varias las catacumbas que están abiertas al turismo. Es de señalar que es falsa la información de que la administración e ingresos económicos de las catacumbas pertenecen a la Iglesia católica: pertenecen exclusivamente a la ciudad de Roma.
En la próxima nota otros detalles sobre las catacumbas.
Nota: Profesor Humberto Guglielmin
guglielmin.Humberto@live.com