Nota Profesor Humberto Guglielmin
Los que vivimos en la calle Estomba entre Canadá y el Canal Maldonado, tenemos el triste privilegio de tener frente a nuestras casas una pestilente y permanente corriente de aguas cloacales que, año tras año, provocan consecuencias como:
a) Un insoportable olor, que en los días en que no hay viento es particularmente repugnante y hace muy desagradable vivir o caminar por las veredas de este sector. Esta realidad tira abajo el valor de las viviendas y obliga a los vecinos a encerrarse y abrir las ventanas del fondo para tener aire más sano.
b) Parte de ese fluir constante, se estanca en la esquina de la calle Colombia y Estomba, haciendo inevitable que todo vehículo que pasa por ahí moje sus ruedas y como consecuencia moje por completo la calle y salpique con ese inmundo barro a los autos que están estacionados sobre la calle Estomba.
c) Otra consecuencia de ese estancamiento es que el intenso movimiento vehicular debilita el asfalto y en poco tiempo se producen pozos profundos que, para ser esquivados, obligan a los vehículos a molestas y peligrosas maniobras. Cuando los pozos son demasiado grandes aparece un camión que descarga sobre esos pozos aún mojados, paladas de asfalto que muchas veces son comprimidas con las palas y algunas pisoteadas con las botas. ¡Y ya está arreglado el problema! Este “arreglo definitivo” suele durar un mes, y luego se reitera el ciclo en forma incansable. Año tras año. ¡Estamos hartos!
![]()
Si la vivienda del intendente o de los concejales tuvieran esta realidad, harían un tremendo escándalo, pero al no afectarlos personalmente “ese problema no existe”. Tanto el problema de los líquidos cloacales, como el de las palomas en el centro “no existen”, porque en sus casas particulares no existen esas surgentes ni hay palomas. El Concejo Deliberante no toma ninguna decisión sobre sobre estos temas, por más que lo exijan la salud pública y la limpieza de la ciudad. Es que temen “quemarse políticamente”, ya que cualquier decisión que tomaran molestaría a algunos y, en cambio, si no hacen nada, ese inconveniente desaparece. Conclusión: es mejor no hacer nada.
¿Los vecinos estamos pagando sus suculentos sueldos para recompensar su inacción?
Nota Profesor Humberto Guglielmin
guglielmin.humberto@live.com