APUNTES SOBRE DIOS – (Nota 1)

Nota: Profesor Humberto Guglielmin. –

“Dijo el necio en su corazón, Dios no existe” Sal. 53: 1-3

¿CREER O NO CREER?
La abrumadora mayoría de las personas que afirman creer en Dios, no podrían justificar por qué creen. Esto es un hecho. Y también es un hecho que muchos de los que se creen más ilustrados intelectualmente mirarán a los creyentes con piedad… ¡esa gente cree cualquier cosa!, dirán.
Esos que presumen de superioridad intelectual no deberían estar tan seguros de esa superioridad. Ellos necesitan -no siempre- pruebas científicas para creer o no creer en algo. Para ellos. si la ciencia no puede probar que algo existe, pues ¡no existe! Sin embargo, ignoran que hay dos formas de acceder a la verdad, la razón es una, y la otra es la menospreciada intuición. La intuición, esta fantástica capacidad de nuestra mente, es la que nos permite a muchas personas prescindir de pruebas científicas, les basta con esa sorprendente capacidad para percibir las cosas y obrar en consecuencia. (En esta nota solo veremos la vía de la intuición para saber de Dios; la de la razón quedará para otra ocasión).

LOS LÍMITES DE LAS CIENCIAS
Podría parecer que el avance de la técnica y el triunfo de las ciencias hace innecesario todo debate sobre la existencia de Dios, pero nada más lejos de la realidad. Si bien el hombre ha descubierto la estructura interna y la forma en que funcionan muchas cosas del mundo material; no ha sido el hombre el que ha creado ese orden de funcionamiento, solo ha descubierto cómo es (¡y ya se cree Dios¡). El científico no puede crear en el átomo una estructura interna diferente a la que ya tiene (puede causar su fisión y desencadenar la catástrofe de Hiroshima, cosa que siempre sucederá si se fisiona el átomo). El hombre solo sabe describir su funcionamiento y actuar solo sobre lo ya existente, modificarlo, combinarlo etc. pero no puede crear algo que no existe. La ciencia solo describe cómo funcionan las cosas ya creadas, bajo las más diversas situaciones y celebrar o no sus resultados, pero no puede modificar las leyes que tiene la materia.
Esta aclaración es muy conveniente para poner en su justa importancia los aportes de la ciencia. Si bien son extraordinarios y la mayoría de ellos muy favorables para hacer más llevadera la vida del hombre, no hay razones para constituirla en el árbitro en absolutamente todas las cosas. La ciencia también descubrió cosas tan notables como la forma de terminar con el planeta y con la existencia de toda la especie humana.
La ciencia solo descubre cómo funcionan las cosas en las más diversas situaciones, pero no las crea. La ciencia es como un genio de sorprendentes capacidades, pero ciego; necesita de ayuda externa –la de la moral– para no extraviarse. La ciencia no puede opinar sobre lo que escapa al laboratorio. La ciencia, por ejemplo, no tiene la menor idea sobre cuál es el sentido de la vida del hombre, ni para qué está fabricando bombas atómicas, simplemente las hace.

IMPORTANCIA DE LA IGNORANCIA
En el campo religioso hay dos tipos de ignorancia: 1) la de aquel que no quiere buscar nada porque cree que lo sabe todo, y 2) la de aquel que admite que ignora muchas cosas.
Respecto al primer tipo de ignorancia Sócrates condena la suficiencia intelectual y, sin falsa modestia, admitió: “solo sé que no se nada”. Más tarde, Aristóteles, el más grande filósofo de todos los tiempos, completó la idea de Sócrates al afirmar que nacemos “tamquam tabula rasa”, nacemos como un pizarrón en el que no hay nada escrito; y en el que debemos escribir buscando la verdad, en base al esfuerzo personal y al aprendizaje con los maestros del pensamiento. Quien cree tener respuestas para todo es un iluso, nadie nace sabiéndolo todo. Sócrates lo trataría de ignorante porque esa actitud es un obstáculo para acceder a la verdad.
El segundo tipo de ignorancia es un motor que impulsa a la afanosa búsqueda de respuestas. El filósofo y teólogo alemán Nicolás de Cusa (1401-1464) estimaba que la verdadera sabiduría estaba en el reconocimiento de los límites del propio conocimiento. A esta actitud le daba el nombre de la “docta Ignorancia”; a partir de ella se debía comenzar una búsqueda de la verdad.
En una ocasión, un discípulo le preguntó a Sócrates sobre si creía que todos tenían derecho a opinar y que sus opiniones fueran igualmente respetables; la respuesta de Sócrates fue contundente: todos tienen derecho a opinar, a manifestar lo que piensan, pero eso no quiere decir que todas las opiniones sean igualmente respetables. Sobre un problema de salud no es lo mismo la opinión de un médico que la de un hombre que no ha estudiado medicina.
No tiene igual valor la opinión de aquel que opina sin haber estudiado seriamente el tema, que la de quien con constancia ha buscado la verdad en la investigación personal y los libros.

¿COMO SABER SI DIOS EXISTE?
Los libros siempre son imprescindibles pues en ellos está el pensamiento de personas lúcidas que se esforzaron, cada uno a su manera y con diverso éxito, en buscar o aclarar aspectos de la verdad. Los libros nos dan luz sobre temas oscuros, nos ahorran tiempo de búsqueda y nos abren puertas a lo desconocido.
Pero los libros y las enseñanzas de los maestros no son la única forma de conocer. En realidad, sobre algunos aspectos de la realidad, existen dos formas de conocimiento, la primera es la de la conocida y frecuentemente sobrevalorada razón; la otra es la de la insuficientemente valorada intuición.
Para saber si Dios existe, los libros y las reflexiones de quienes tienen mejor preparación que nosotros, constituyen solo una de las vías posibles para acceder a esa respuesta. Los autores de esos libros serán quienes nos guíen con buenos y razonables argumentos para creer en su existencia o para negarla. Veamos la otra vía.

LA INTUICIÓN
La intuición es la fantástica capacidad que tiene el hombre de llegar a la verdad en forma inmediata, sin razonamientos previos que allanen el camino. La intuición va más allá de la razón, es un flash, un destello luminoso que nos permite llegar a la conclusión sin pasar por la etapa de análisis y pruebas. La intuición es diferente a la percepción, pues ésta se basa en algunos detalles sensoriales concretos proporcionados por los sentidos. La intuición produce un conocimiento inmediato, inmaterial, súbito, pasa por encima de cualquier prueba ya que no la necesita. Un ejemplo: cuando uno dice ¡Esa es la persona que amaré para siempre! no hay argumentación alguna, y la seguridad de quien lo dijo es absoluta
Esta falta de análisis y pruebas, lleva a los cientificistas a considerar que nunca la intuición es una forma confiable de conocer. Piensan que las ventajas de la razón residen en su capacidad para el análisis lógico, que paso a paso termina llegando a conclusiones serias y confiables. Y eso es cierto…
Sin embargo, esta ventaja sobre la intuición desaparece cuando se trata de los asuntos más importantes de la vida y que están más allá de lo material: ¿me caso o no me caso? ¿Mi novio/a es la persona indicada? ¿Estudio o trabajo? ¿Mis amigos son confiables? El médico que recibe una emergencia extrema y no tiene tiempo para ningún tipo análisis ¿qué criterio utilizará para enfrentar la situación? Es todos estos casos la respuesta la dará solo la intuición. La intuición puede salvar vidas, evitar accidentes etc.
La razón, para llegar a conclusiones satisfactorias, necesita información y análisis previos; la intuición da respuestas instantáneas, que no necesitan ningún análisis. La razón tiene su campo específico limitado al campo de la materia; pero lo que no es materia es terreno de la intuición. La abrumadora mayoría de nuestras conductas y palabras diarias son fruto de la intuición, y no puede afirmarse que la mayoría de nuestras intuiciones sean equivocadas.
En Occidente el culto a la razón ha creado un fuerte desequilibrio en relación a la intuición, se le ha quitado toda forma de credibilidad. Sin embargo, al momento de analizar cuestiones existenciales y, más aún, de temas relacionados con la trascendencia, una intuición bien desarrollada puede ser mucho más útil que la razón. La intuición es la forma en que la mente se orienta dentro de lo desconocido, basándose solo en algunas pistas. El doctor David White (investigador y Prof. Univ. de Missouri- Kansas) afirma que solo el 10% de nuestros actos es el resultado de mandatos exclusivamente racionales; el resto tiene como motor la intuición o la rutina.
Albert Einstein escribió: “La mente intuitiva es un don sagrado y la mente racional es un fiel servidor. Hemos creado una sociedad que honra al servidor y ha olvidado el don.” No debemos despreciar la intuición; en algunos temas es la única forma de conocimiento.

LAS CIENCIAS Y LA EXISTENCIA DE DIOS
La intuición es la más común de las vías para llegar al conocimiento de Dios, es una vía al alcance de cualquier persona ilustrada o no, es la vía que –sin advertirlo nosotros- nos orienta en casi todos los aspectos de nuestra vida.
Es casi una obsesión del hombre y de las ciencias, querer aplicar a Dios las mismas leyes que, por voluntad divina, gobiernan la materia. Dios está más allá de esas leyes. Respecto a la existencia o no de Dios, las leyes que gobiernan la materia no pueden ni probarla ni negarla por la sencilla razón de que Dios es de otra naturaleza, es un ser espiritual.
Los procedimientos que utilizan las ciencias empíricas para llegar a conclusiones indiscutibles, no pueden aplicarse en todos los campos del saber. No hay ninguna razón científica que pruebe que debemos amar al prójimo, o que debemos respetar la vida, o amar la paz etc. sin embargo, a nosotros no nos cabe la menor duda de que esos mandatos son indiscutibles.
Sostener que solo existe aquello que podemos demostrar en laboratorio es un error, pues eso implicaría negar casi todas las cosas bellas de la vida: el amor, las emociones ante la sonrisa de un bebé, el espectáculo de una noche estrellada, la buena música, la poesía, el sorprendente diseño de animales y plantas etc. Las conclusiones de las ciencias solo son inapelables dentro del campo de la materia.

LA INTUICIÓN Y LA EXISTENCIA DE DIOS
En el libro de los Salmos leemos: “Los cielos narran la gloria de Dios. Y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19,1). El cielo puede ser visto con la fría mirada del astrónomo, que solo busca cuerpos celestes, movimientos, distancias, mutaciones, radiaciones electromagnéticas etc. o bien, o con la mirada de aquel que se pregunta por su origen, el porqué de tanta belleza y esplendor y que sentido podría tener.
Para buscar las señales que nos orienten hacia Dios, el hombre debe ser como un perro rastreador, que en forma incansable husmea aquí y allá buscando cualquier indicio que lo lleve a lo que busca. Según la IA, Isaac Newton (1643-1727) argumentaba que la naturaleza era un libro escrito por Dios y que la ciencia era una forma de entender y apreciar la creación divina.
La intuición puede llevarnos al conocimiento de Dios, pues Dios nos habla a través de sus obras y es nuestro deber tener la suficiente sutileza mental y honestidad intelectual para saber verlo a través de ellas.
Ayuda en este proceso de llegar a intuir a Dios, el reconocimiento de nuestra pequeñez y limitaciones, de nuestra ignorancia para entender la realidad del mundo en el que estamos inmersos. ¿Sabemos para qué estamos en este mundo? Todo sería absolutamente ininteligible y absurdo si al final de nuestro camino no hubiera Alguien que le diera sentido. La existencia de ese Alguien nos resulta absolutamente necesaria para armar y dar sentido al complicadísimo rompecabezas existencial en el que estamos inmersos. Indicios no faltan.

La existencia de Dios nos ayuda a enfrentar las penurias de esta vida, le da sentido a nuestros actos, a nuestro dolor, a nuestro esfuerzo, nos evita el vacío existencial y la desesperación cuando los golpes nos abruman.
La existencia de Dios no es solo una necesidad, es una realidad que podemos confirmar en los indicios que podemos ver en las obras de su creación.

Nota: Profesor Humberto Guglielmin
guglielmin.humberto@live.com

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